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LA
EDUCACIÓN DE LA SEXUALIDAD EN LAS ESCUELAS
Estas breves notas no pretenden ser más
que la presentación de algunas orientaciones y principios, a tener en
cuenta frente a un eventual proyecto de ley sobre educación sexual.
I. Principios
I.1 Antropológicos
La sexualidad es un componente básico de la personalidad; un modo propio
de ser, de manifestarse y comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir
el amor humano. Por eso es parte integrante del desarrollo de la personalidad
y del proceso educativo. En la sexualidad radican las notas características
que constituyen a las personas como varones y mujeres, tanto en el plano biológico,
como en el psicológico, cultural y moral. Es el eje de su evolución
individual y de su inserción en la sociedad.
“Los sexos son complementarios: iguales y distintos al mismo tiempo; no
idénticos, pero sí iguales en dignidad personal; son semejantes
para entenderse, diferentes para complementarse recíprocamente”[1].
La sexualidad humana permite, en su dimensión afectiva, alcanzar el gozo
del encuentro interpersonal; adquiere, en el conocimiento mutuo y el compromiso,
una mayor entrega y donación. En su dimensión generativa se hace
fecunda de nuevos seres humanos y en su dimensión religiosa pone de manifiesto
la providencia de Dios quien hace que todo esto sea posible. Amor y fecundidad
son significados y valores de la sexualidad que se incluyen y reclaman mutuamente.
En consecuencia no pueden ser considerados alternativos ni opuestos.
I.2 Éticos
La educación de la sexualidad implica una visión profunda del
ser humano y un camino moral amplio y rico, originado en la noción del
hombre como persona y no se limita solamente a los aspectos sanitarios, técnicos
y científicos. La riqueza de lo humano merece que ciertos conceptos como
los de libertad, sexualidad, amor, procreación, matrimonio y familia,
sean considerados en toda su integridad.
La sexualidad orientada, elevada e integrada por el amor, adquiere auténtica
calidad humana. El amor tiene su propia lógica que deriva en una comunión
amorosa y fecunda. Esta lógica, que reconocemos como ley natural inscrita
en el corazón de cada uno, ofrece el marco moral y ético que guía
su ejercicio y le propone un camino respetuoso de la misma naturaleza humana.
La educación para vivir en el amor se realiza en la familia desde el
inicio mismo de la vida, como lo confirman la psicología y la pedagogía.
La familia es, entonces, la primera responsable de la formación afectiva
del niño, del adolescente y del joven.
En la enseñanza de Juan Pablo II la consideración de los valores
que han de ser descubiertos y apreciados, antecede a la norma de no violarlos.
Sin embargo, ésta norma interpreta y formula los principios morales a
los que el hombre debe tender. Por los vínculos estrechos que hay entre
la persona y sus valores éticos, la educación debe llevar a los
niños y adolescentes a conocerlos y estimarlos como garantía necesaria
y preciosa para un crecimiento personal y responsable de la sexualidad humana.
I.3 Jurídicos
Como ya recordáramos oportunamente[2], consideramos indispensable un
marco legal que promueva una verdadera cultura del discernimiento y la responsabilidad
en el ejercicio de la sexualidad y la comunicación de la vida; que la
respete desde su concepción y que excluya en absoluto el crimen del aborto;
que de ninguna manera favorezca o consolide situaciones de injusticia social
con la promoción de actitudes antinatalistas o de práctica deshumanizada
de la sexualidad; que promueva en nuestro país la cultura de la vida
y que reconozca el insustituible e inalienable derecho y el deber de los padres
en relación a la educación moral de sus hijos.
La educación de la sexualidad debe quedar enmarcada dentro de los principios
éticos fundamentales que emanan de la ley natural y que encuentran un
modo de expresión en la Declaración Universal de los Derechos
Humanos y la Convención sobre los Derechos del Niño. En el ámbito
de nuestra sociedad también están presentes en la Constitución
Nacional y en el amplio contenido de la Ley Federal de Educación en vigencia
en el país (Nº 24.195). Se hace necesario respetar su espíritu,
sus contenidos y objetivos (art. 4 y 6), ya que de ese modo se aseguran deberes
y derechos del alumno (art. 43), de la familia (art. 44 y 45), de los docentes
(art. 46), y también la calidad de la educación y su evaluación
(art. 48 a 50 y 53).
II. Agentes
II. 1 Familia
La educación corresponde, especialmente a la familia, que es escuela
del más rico humanismo. Este derecho indelegable e irreemplazable de
la familia encuentra ayuda en el Estado que, cumpliendo con su función
subsidiaria[3], ofrece el servicio educativo a todos los ciudadanos. Aún
reconociendo las dificultades que hoy puedan atravesar, los padres y quienes
cumplen esa función, nunca pierden el derecho de educar a los hijos en
el marco de un vínculo afectivo y cercano.
El afecto y la confianza recíproca que se viven en la familia ayudan
al desarrollo armónico y equilibrado del niño desde su nacimiento.
Para que los lazos afectivos naturales que unen a los padres con los hijos sean
positivos en máximo grado, los padres, sobre la base de un sereno equilibrio
sexual, establecerán con sus hijos una relación de confianza y
diálogo, siempre adecuada a su edad y a su desarrollo. La vivencia de
su propia identidad, su experiencia y su solícita preparación,
ayudará a los hijos a comprender el valor y el papel específico
de la realidad masculina y femenina. Por otro lado, la apertura y la colaboración
con los otros educadores corresponsables de la formación, también
influirán positivamente en la maduración del joven.
La plena realización de la vida conyugal y, en consecuencia, la estabilidad
y santidad del matrimonio y la familia, dependen de la formación de la
conciencia y de los valores asimilados durante todo el proceso formativo de
los padres. Los valores morales vividos en familia se transmiten más
fácilmente a los hijos. Entre estos valores morales hay que destacar
el respeto a la vida desde el seno materno y, en general, el respeto a la persona
de cualquier edad y condición.
II. 1. 1 ¿Qué hacer cuando no hay familia?
La ausencia de una familia estable y permanente y la carencia de un vínculo
afectivo y cercano que les permita abrir sus corazones en busca de respuesta
a las dudas propias de la edad, afecta a un número cada vez mayor de
niños y adolescentes. A pesar de esto, los padres o quienes cumplan esa
función, no pierden el derecho de educarlos.
Desde siempre, la Iglesia se ha comprometido en la búsqueda y realización
de ayudas positivas, solidarias y valiosas para aquellos menores que padecen
la dolorosa experiencia de una familia ausente. Es imposible enumerar las múltiples
experiencias solidarias de la Iglesia en relación a personas sin familia.
Ya la milenaria figura del padrinazgo expresa la preocupación de la Iglesia
por evitar que alguien pueda sentirse huérfano dentro del pueblo de Dios.
Los padrinos son elegidos por los padres y establecidos como tales en el sacramento
del bautismo, teniendo la misión de velar con amor por el bien, la fe,
la educación y la tutela de aquellos que les han sido confiados. Muchos
ahijados pueden dar testimonio del amor y contención que les brindaron
sus padrinos.
II. 2 Estado
El Estado no puede nunca sustituir a la familia, incluso a la familia herida
por la división o la ausencia. Le corresponde ayudar subsidiariamente
a estas dolorosas realidades, sin paternalismos y con una delicada prudencia
política, para no caer en el abuso de convertir la educación de
los menores en escuela de doctrina ideológica que no respete la cultura
y la tradición de los pueblos.
Debe ejercitar su rol y su autoridad considerando la autonomía y la libertad
religiosa de los padres o tutores, como también de las instituciones
educativas. En su función subsidiaria, habrá de consultarlos,
respetando sus principios y valores morales, espirituales y religiosos. Este
respeto es requerido por la libertad responsable de toda persona humana.
“...el Estado no puede ni debe sustraer a las familias aquellas funciones
que pueden igualmente realizar bien por sí solas o asociadas libremente,
sino que debe favorecer positivamente y estimular lo más posible la iniciativa
responsable de las familias. Las autoridades públicas, convencidas de
que el bien de la familia constituye un valor indispensable e irrenunciable
de la comunidad civil, deben hacer cuanto puedan para asegurar a las familias
todas aquellas ayudas –económicas, sociales, educativas, políticas,
culturales– que necesitan para afrontar de modo humano todas sus responsabilidades”
(Familiaris Consortio 45,3).
II. 3 Escuela
A la escuela le corresponde un rol complementario de la familia, y no sustitutivo.
Los padres o los tutores, como primeros educadores de sus hijos, son válidamente
acompañados, asistidos y complementados por la escuela y por la formación
que ella pueda brindar.
Conviene que las familias participen activamente en cursos y/o talleres organizados
por las instituciones educativas que les ayuden a transmitir a los hijos una
madura educación de la sexualidad.
La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, ha de
realizarse siempre bajo su vigilancia y dirección solícita, tanto
en casa como en los centros educativos elegidos por ellos. En este sentido,
la Iglesia reafirma la ley de subsidiariedad que la escuela debe observar situándose
en el mismo espíritu que anima a los padres cuando coopera en la educación
sexual de sus hijos.
II. 4 Docentes
La personalidad madura de los educadores, su preparación y equilibrio
psíquico, influyen fuertemente sobre los educandos. Es indispensable
que tengan una exacta y completa visión del significado y del valor de
la sexualidad y una serena integración de la misma en la propia personalidad.
Su capacitación no es sólo fruto de la necesaria preparación
y juicio teórico, sino también resultado de su madurez afectiva,
lo cual no dispensa de la adquisición de nuevos conocimientos, adaptados
a su tarea educativa particularmente ardua en nuestros días.
Para educar al niño en la riqueza del amor y de la vida, respetando su
desarrollo psicológico, el docente sabrá encontrar la oportunidad
y el modo de hacerlo con recto juicio, sentido de responsabilidad, pudor, competencia
profesional y delicada sensibilidad.
II. 5 Iglesia
El cambio de época exige de cada miembro de la sociedad, y de la Iglesia
en particular, una respuesta adaptada a los desafíos del momento. Frente
a una eventual ley de Educación Sexual para las escuelas, recordamos
como signo paradigmático lo que ya enseñaba el Concilio Vaticano
II en 1965:
“Hay que ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes, teniendo
en cuenta el progreso de la psicología, de la pedagogía y de la
didáctica, a desarrollar armónicamente sus cualidades físicas,
morales e intelectuales, a fin de que adquieran gradualmente un sentido más
perfecto de la responsabilidad en el desarrollo ordenado y activo de la propia
vida, en un esfuerzo continuo y en la búsqueda de la verdadera libertad,
superando los obstáculos con magnanimidad y constancia de alma. A medida
que avanzan en edad, deben ser instruidos en una educación sexual positiva
y prudente. Hay que prepararlos, además, para la participación
en la vida social, de modo que, provistos debidamente de los medios necesarios
y adecuados, sean capaces de incorporarse activamente a los diferentes grupos
de la sociedad humana, estén dispuestos para el diálogo con los
otros y colaboren de buen grado en la consecución del bien común”.
(Vaticano II - GE, 1)
La Iglesia tiene el deber de anunciar también a los niños y adolescentes
la Palabra que les ofrece el buen Padre Dios. Ella incluye la verdad sobre el
amor, expresada en términos positivos y rigurosos, apartándolos
de toda falsa conciencia en relación a su propia identidad y ayudándolos
a descubrir su corporeidad y la riqueza propia de ser varón o mujer,
como asimismo el valor de la castidad y de la fidelidad al propio estado de
vida.
III. Conclusión
Finalmente, ante la posible promulgación de una ley de Educación
Sexual para las escuelas en la Argentina, creemos necesario proponer:
a) que el Pueblo de Dios, con el respeto y la caridad que debe caracterizar
toda acción cristiana, se comprometa a elaborar proyectos e iniciativas
concretas inspiradas en el Evangelio, para ayudar a los niños y jóvenes
a vivir el valor humano y trascendente de la sexualidad, el matrimonio y la
familia, facilitando así un clima propicio a una responsable educación
integral.
b) que los padres y madres de familia y los que tienen menores a su cargo, revaloricen
la dimensión profunda de la sexualidad, sin desalentarse ante el difícil
empeño que supone la promoción de la dignidad humana en su integridad.
c) que los responsables de la vida pública, llamados a servir a los ciudadanos
y al bien común, no promulguen ni proyecten leyes que promuevan costumbres
o antivalores que contradigan la dignidad de la persona. Es necesario dar todo
el apoyo debido a la familia porque “la política familiar debe
ser eje y motor de todas las políticas sociales”. (Cfr. Evangelium
Vitae 90)
Cristo, el Señor de la historia, es la propuesta que el Padre nos hace
para que los seres humanos caminemos en la Verdad. Pedimos a María Santísima,
Mujer y Madre, que nos enseñe a anunciar con firmeza y amor en nuestro
tiempo, el Evangelio de la Vida y de la Familia.
Comisión Episcopal de Educación Católica de la
Conferencia Episcopal Argentina
6 de enero del 2006
Solemnidad de la Epifanía del Señor
[1] Congregación para la Educación Católica: Orientaciones
Educativas sobre el Amor Humano, 25.
[2] Comisión Permanente de la CEA: La Buena noticia de la Vida Humana
y el Valor de la Sexualidad (11 de agosto de 2000) 7.
[3] El “principio de subsidiariedad” o “función subsidiaria”
(como lo describe ya Pío XI en la Quadragesimo anno) reúne todas
las funciones que corresponden necesariamente al Estado, en conjunción
equilibrada con el principio de participación, que es propio de la sociedad
que es regida. La subsidiariedad significa el grave deber de la acción
permanente, exclusiva y obligatoria de servicio, de ayuda y protección,
que pesa sobre las autoridades públicas ya que, como enseña San
Agustín, no deben simplemente presidir (praeesse) sino sobre todo servir
(prodesse)al gobernado.
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