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DECLARACIÓN DEL EPISCOPADO
ARGENTINO
AL PUEBLO DE
DIOS SOBRE LA EDUCACIÓN SEXUAL EN LAS ESCUELAS
Queridos hermanos y hermanas:
Ante el debate acerca de la educación sexual en las escuelas deseamos
aportar brevemente algunas reflexiones que desarrollamos en las notas sobre
“La educación de la sexualidad en las escuelas”.
1. Los creó varón y mujer
La sexualidad es un componente básico de la personalidad; un modo propio
de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y
vivir el amor humano. Por eso es parte integrante del desarrollo de la personalidad
y de su proceso educativo. En la sexualidad radican las notas características
que constituyen a las personas como varones y mujeres, tanto en el plano biológico
como en el psicológico, cultural y moral. Es el eje de su evolución
individual y de su inserción en la sociedad. “Los sexos son complementarios:
iguales y distintos al mismo tiempo; no idénticos, pero sí iguales
en dignidad personal; son semejantes para entenderse, diferentes para complementarse
recíprocamente”[1].
La sexualidad humana permite en su dimensión afectiva alcanzar el gozo
del encuentro interpersonal; adquiere en el conocimiento mutuo y el compromiso,
una mayor entrega y donación; fructifica en la transmisión de
la vida; y en su dimensión religiosa, pone de manifiesto la providencia
de Dios quien hace que todo esto sea posible.
2. Sexualidad y persona humana
La educación de la sexualidad supone una visión profunda del ser
humano y un camino moral amplio y rico, originado en la noción del hombre
como persona y no se limita solamente a los aspectos sanitarios, técnicos
y científicos. La riqueza de lo humano merece que ciertos conceptos como
los de libertad, sexualidad, amor, procreación, matrimonio y familia,
sean considerados en toda su integridad.
La sexualidad orientada, elevada e integrada por el amor adquiere auténtica
calidad humana. El amor tiene su propia lógica que deriva en una comunión
fecunda tanto física como espiritual. Esta lógica que reconocemos
como ley natural, ofrece el marco moral y ético que guía su ejercicio
y propone un camino respetuoso de la misma naturaleza humana.
3. Familia y Estado: derechos y funciones
La educación para vivir en el amor se realiza en la familia desde el
inicio mismo de la vida, como lo confirman la psicología y la pedagogía.
La familia es la primera responsable de la formación afectiva del niño,
del adolescente y del joven. Este derecho irreemplazable e indelegable de la
familia encuentra ayuda en el Estado que, cumpliendo con su función subsidiaria[2],
ofrece a todos los ciudadanos el servicio educativo. Aún cuando reconocemos
las dificultades por las que hoy atraviesan los padres o quienes cumplen esa
función, éstos nunca pierden el derecho de educar a los hijos
en el marco de un vínculo afectivo y cercano.
El Estado no debe sustituir a la familia, incluso a la familia herida por la
división o la ausencia. Podrá ayudar subsidiariamente a estas
realidades que duelen, pero sin paternalismos y con delicada prudencia política
para no caer en el abuso de ideologías que no respetan la cultura y la
tradición de los pueblos.
4. Escuela y docentes
A la escuela le corresponde un rol complementario de la familia y no sustitutivo.
Los padres o los tutores, como primeros educadores de sus hijos, son válidamente
acompañados, asistidos y complementados por la escuela. Conviene que
participen activamente en cursos y/o talleres que les ayuden a transmitir a
sus hijos una seria educación de la sexualidad.
La personalidad madura de los educadores, su preparación y equilibrio
psíquico, influyen fuertemente sobre los educandos. Es indispensable
una exacta y completa visión del significado y del valor de la sexualidad
y una serena integración de la misma en la propia personalidad. Para
educar al niño en la riqueza del amor y de la vida respetando su desarrollo
psicológico, el docente sabrá encontrar la oportunidad y el modo
de hacerlo con recto juicio, con sentido de responsabilidad, con pudor, competencia
profesional y delicada sensibilidad.
5. Iglesia y compromiso educativo
El cambio de época exige de cada miembro de la sociedad, y de la Iglesia
en particular, una respuesta adaptada a los desafíos del momento. Renovamos
nuestro compromiso con el Pueblo de Dios. Frente a una eventual Ley de Educación
Sexual para las escuelas, recordamos como signo paradigmático, lo que
ya enseñaba el Concilio Vaticano II (1965): “Es necesario ayudar
a los niños y adolescentes teniendo en cuenta el progreso de la psicología,
la pedagogía y la didáctica a desarrollar armónicamente
sus cualidades físicas, morales e intelectuales. A medida que avanzan
en edad deben ser instruidos en una educación sexual, positiva y prudente”[3].
Confiados en el Señor creemos necesario pedir a todos que se comprometan
y trabajen con ánimo junto a las familias o a las personas que cumplan
esa función, junto a las escuelas, para crear un clima propicio al sano
desarrollo y a la educación responsable que revalorice también
la dimensión más profunda de la sexualidad.
Cristo, el Señor de la Historia, es la propuesta que el Padre nos hace
para que los seres humanos caminemos en la Verdad. Pedimos a María Santísima,
Mujer y Madre, que nos enseñe a anunciar con firmeza y amor en nuestro
tiempo, el Evangelio de la Vida y de la Familia.
Comisión Episcopal de Educación Católica de la
Conferencia Episcopal Argentina
6 de enero del 2006
Solemnidad de la Epifanía del Señor
[1] Congregación para la educación Católica: Orientaciones
educativas sobre el amor humano, 25.
[2] El “principio de subsidiariedad” o “función subsidiaria”
reúne todas las funciones que corresponden necesariamente al Estado,
en conjunción equilibrada con el principio de participación, que
es propio de la sociedad gobernada por aquel.
[3] Cf. Concilio Vaticano II: Declaración sobre la educación cristiana
de la juventud (Gravissimun educationis), 1
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